de Teófilo Villacorta Cahuide.
ANCLAJE DE ALBAS
HÚMEDAS O LA COSMOVISIÓN MARINA EN TEÓFILO VILLACORTA CAHUIDE
Por: Antonio Sarmiento
En pleno
corazón del libro hay un texto que prefija el acontecer poético del vate. Poema-umbral
dedicado a su amada hija Trilce Rosario, en el cual palpitan dos versos que
pueden leerse con respiración entrecortada, con un dulce sabor a epitafio:
"¿Cómo irás
a buscarme en la tierra
si yo siempre
estaré en el mar?"
El
símbolo del mar aparece en Teófilo Villacorta como una necesidad biológica y
ancestral. Sus libros anteriores tienen rótulos muy apropiados que reiteran
esta necesidad íntima. Leamos: "El
mar en los ojos de la niña buenaventura", "aventuras en marea
caliente", "marea de sombras azules", "Volver al mar como
en los sueños", títulos que remarcan en mayúscula este ritual con el
mar de manera incesante, implacable, a veces corrosivo, y vuelve a su leit
motiv en este último libro: "Conversaciones
con el mar", que lo aproxima a aquellos autores cíclicos y circulares
que van mostrando un universo compacto, muy personal, con una voluntad de
estilo donde pueden variar gradaciones de colores, ritmos y cadencias verbales,
técnicas novedosas pero nunca se apartan del motivo central que los obsesiona.
Será la
cosmovisión marina con su sentido ritual, sus mitos, sus tradiciones de pesca,
la matriz que sustenta y afirma la recia personalidad artística de Cahuide, al
punto que si careciera de ella perdería esa espontaneidad e ingenuidad de
poesía recién nacida en el mar. También es probable que estemos asistiendo a un
gran ciclo, a una fase estética. De ser así el color de esta escritura estaría
en su periodo de grises, ocres, verdes que despuntan en tonos suaves y velados,
con los que el vate nos transmite una sugerente atmósfera que evoca con
palabras claves y definitivas, tales como: recuerdo, lejanía, marea, tiempo,
sueños, mujer, bote, fantasmas. El poeta escribirá para dar testimonio de ese
mundo antiguo y lejano que irresistiblemente lo atrapa y lo seduce, sin que él
lo busque porque está en la marea de su propia sangre. Por eso dice:
"Ahora me
doy cuenta
de esa divina
suerte que me conduce
a la desterrada
huella de mis ancestros
a seguir
viviendo con sus recuerdos.
¿Acaso ―dime
misterioso mar― es el preludio
a los días que
gotean lentas con la tristeza del alma
y me devuelve a
ti, a tus sonidos, donde encuentro
el idioma
elaborado con el palpitar de las venas?"
No
tendrá más remedio que bogar en ese ilimitado espacio humedecido por
su sensibilidad múltiple de poeta, cuentista, novelista y artista plástico. En
este libro concurren varios lenguajes que se enlazan con el lírico: el
narrativo con el monólogo interior, el pictórico que se resuelve en seguras pinceladas
junto a la eterna tentación del fresco. Entre versos de aparente realismo se
suceden imágenes plásticas, visuales y cargadas de luz:
“Esta mañana he sacado los
recuerdos de mi maleta.
En ella he traído el agua
pura de tus ojos
con un espejo tan hondo como
el mar.
Una luz húmeda me ha
salpicado
al sentir la primera lozanía
de esta mañana.”
Otros
versos tienen la temperatura de un mar revolviéndose en la memoria:
“Dime, alturado
mar, ¿por qué este recuerdo
me carcome como un
hambriento cernícalo
y mi espíritu
late como cayendo al abismo?”
En
varios pasajes, el tiempo –otro de los grandes protagonistas en el poemario de
Cahuide- se macera en un espacio íntimo donde conviven simultáneamente pasado y
presente. Uno de ellos nos recuerda el bote viejo y fantasmal de Eguren.
“Bote recostado
en el tiempo.
Entre arena y
piedras calcinadas
ha vuelto a
llorar la tarde,
y tú estás allí,
resistiendo
con tus huesos
amarillentos
y el viejo
maquillaje de los años”.
El mar
refleja nítidamente la interioridad del escritor. Esta poética destruye la
vieja división entre el sujeto (que es el poeta) y el objeto nombrado (el
paisaje marino). La obra va surgiendo desde el objeto con sus estados de ánimo,
sus visiones, sus sensaciones de nostalgia, de ternura, de soledad; pero este viaje
por la palabra tiene la forma de una lectura que se funda en la crítica y en el
cambio. Al poeta no le bastará, por ejemplo, la visión individualista y muy
romántica del mundo evocado. Conversa, comunica sus sentimientos, recoge
experiencias, las interroga, las cuestiona, reflexiona sobre las cosas que
nombra y recuerda:
“Pero hablo
contigo, mar
como si en la calma
de tus aguas
encontrara la lucidez de la atención
mientras ella
baja de la cumbre de mi alto recuerdo
como ave de
vidrio incrustándose en mi pecho”.
El poeta
intenta encontrar la verdad, busca trasponer la línea borrosa de los sueños para
así arribar a la luz del entendimiento y a la memoria colectiva, donde cobra
trascendencia la pequeña caleta de Culebras, en Huarmey, donde vivió una etapa
feliz. Él la llamará “eterna caleta de
los sueños”, “hermosa ciudad para la
muerte”. Esta pequeña faja de tierra nimbada por el mar es su Ítaca, su
ínsula extraña, o bálsamo para su espíritu atormentado luego de discurrir como
barco ebrio entre los licores amargos de ciudades capitalinas.
Desde
ese mórbido ámbito de horizonte sin luz surge de entre las dunas del mar la
figura mítica del sencillo pescador, del marisquero, representado por el
aguerrido "pate´ puma", quien también podría estar simbolizando a la
poesía, cuya fortaleza verbal ha de sostener el legado cultural de su pueblo,
preservando sus ideas, sus creencias, sus ritos, sus concepciones:
“Aun recuerdo al aguerrido domador de las olas
rubricando su nombre en las rocas venenosas,
incendiando la noche con sus lúcidas manos.
Saboreó la vida con sus intensos designios
y amó las horas irrompibles del desenfreno.”
rubricando su nombre en las rocas venenosas,
incendiando la noche con sus lúcidas manos.
Saboreó la vida con sus intensos designios
y amó las horas irrompibles del desenfreno.”
En ese
mundo rústico y esencial la gente de mar son los verdaderos dioses. De allí que en el decurso de las varias
estancias o compartimentos del poema, éste apunta hacia el mito y la alegoría.
Allí la mujer amada, inolvidable y perfumada en muchas páginas, está “hecha de las olas y el sueño”. Trilce
Rosario, su bienamada hijita, es niña “luminosa,
encantadora y opulenta como un coral diamantino”. Será en esta estancia de
luz cuando el poeta ofrece versos cargados de humanismo y sencillez para:
"descender a la
descarnada forma de los infortunados
y compartir el fulgor de tu
risa con un fresco pan".
“la oscura
sombra de la industria se situaba
a
escondidas de la conciencia
y la
bahía se transformó en una famélica laguna
de
aguas sucias y nauseabundas”
Por un instante
Culebras es también el Macondo asediado por la soledad y la destrucción. Lo que
el poeta va a denunciar son las ruinas morales, "el fuego impuro/ que ardió alguna vez en el reino de los falsos
moralistas", en un libro que ha abierto decididamente sus compuertas
hacia lo social.
En
"Conversaciones con el mar"
Teófilo Villacorta Cahuide refresca aquellos temas ensayados en anteriores
poemarios pero esta vez, acaso, con una construcción más simbólica, más
compleja. En su inspirada condición de cantor, de ladrón del fuego, el poeta
mimetizado con el mar va en pos de la trascendencia a través de una palabra
sugerente que colinda entre la reflexión y los rituales de la poesía.

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