COMENTARIO: LIBRO DE CAHUIDE

COMENTARIO: CONVERSACIONES CON EL MAR (Ornitorrinco Editores, 2012)
de Teófilo Villacorta Cahuide.

 
 
 

ANCLAJE DE ALBAS HÚMEDAS O LA COSMOVISIÓN MARINA EN TEÓFILO VILLACORTA CAHUIDE

 

Por: Antonio Sarmiento

 

         En pleno corazón del libro hay un texto que prefija el acontecer poético del vate. Poema-umbral dedicado a su amada hija Trilce Rosario, en el cual palpitan dos versos que pueden leerse con respiración entrecortada, con un dulce sabor a epitafio:

 

"¿Cómo irás a buscarme en la tierra

si yo siempre estaré en el mar?"

 

         El símbolo del mar aparece en Teófilo Villacorta como una necesidad biológica y ancestral. Sus libros anteriores tienen rótulos muy apropiados que reiteran esta necesidad íntima. Leamos: "El mar en los ojos de la niña buenaventura", "aventuras en marea caliente", "marea de sombras azules", "Volver al mar como en los sueños", títulos que remarcan en mayúscula este ritual con el mar de manera incesante, implacable, a veces corrosivo, y vuelve a su leit motiv en este último libro: "Conversaciones con el mar", que lo aproxima a aquellos autores cíclicos y circulares que van mostrando un universo compacto, muy personal, con una voluntad de estilo donde pueden variar gradaciones de colores, ritmos y cadencias verbales, técnicas novedosas pero nunca se apartan del motivo central que los obsesiona.

 

         Será la cosmovisión marina con su sentido ritual, sus mitos, sus tradiciones de pesca, la matriz que sustenta y afirma la recia personalidad artística de Cahuide, al punto que si careciera de ella perdería esa espontaneidad e ingenuidad de poesía recién nacida en el mar. También es probable que estemos asistiendo a un gran ciclo, a una fase estética. De ser así el color de esta escritura estaría en su periodo de grises, ocres, verdes que despuntan en tonos suaves y velados, con los que el vate nos transmite una sugerente atmósfera que evoca con palabras claves y definitivas, tales como: recuerdo, lejanía, marea, tiempo, sueños, mujer, bote, fantasmas. El poeta escribirá para dar testimonio de ese mundo antiguo y lejano que irresistiblemente lo atrapa y lo seduce, sin que él lo busque porque está en la marea de su propia sangre. Por eso dice:

 

"Ahora me doy cuenta

de esa divina suerte que me conduce

a la desterrada huella de mis ancestros

a seguir viviendo con sus recuerdos.

 

¿Acaso ―dime misterioso mar― es el preludio

a los días que gotean lentas con la tristeza del alma

y me devuelve a ti, a tus sonidos, donde encuentro

el idioma elaborado con el palpitar de las venas?"

 

         No tendrá más remedio que bogar en ese ilimitado espacio humedecido por su sensibilidad múltiple de poeta, cuentista, novelista y artista plástico. En este libro concurren varios lenguajes que se enlazan con el lírico: el narrativo con el monólogo interior, el pictórico que se resuelve en seguras pinceladas junto a la eterna tentación del fresco. Entre versos de aparente realismo se suceden imágenes plásticas, visuales y cargadas de luz:

 

“Esta mañana he sacado los recuerdos de mi maleta.

En ella he traído el agua pura de tus ojos

con un espejo tan hondo como el mar.

Una luz húmeda me ha salpicado

al sentir la primera lozanía de esta mañana.”

                     

         Otros versos tienen la temperatura de un mar revolviéndose en la memoria:

 

“Dime, alturado mar, ¿por qué este recuerdo

me carcome como un hambriento cernícalo

y mi espíritu late como cayendo al abismo?”

 

         En varios pasajes, el tiempo –otro de los grandes protagonistas en el poemario de Cahuide- se macera en un espacio íntimo donde conviven simultáneamente pasado y presente. Uno de ellos nos recuerda el bote viejo y fantasmal de Eguren.

 

“Bote recostado en el tiempo.

Entre arena y piedras calcinadas

ha vuelto a llorar la tarde,

y tú estás allí, resistiendo

con tus huesos amarillentos  

y el viejo maquillaje de los años”. 

        

         El mar refleja nítidamente la interioridad del escritor. Esta poética destruye la vieja división entre el sujeto (que es el poeta) y el objeto nombrado (el paisaje marino). La obra va surgiendo desde el objeto con sus estados de ánimo, sus visiones, sus sensaciones de nostalgia, de ternura, de soledad; pero este viaje por la palabra tiene la forma de una lectura que se funda en la crítica y en el cambio. Al poeta no le bastará, por ejemplo, la visión individualista y muy romántica del mundo evocado. Conversa, comunica sus sentimientos, recoge experiencias, las interroga, las cuestiona, reflexiona sobre las cosas que nombra y recuerda:

 

“Pero hablo contigo, mar

como si en la calma de tus aguas

encontrara la lucidez de la atención

mientras ella baja de la cumbre de mi alto recuerdo

como ave de vidrio incrustándose en mi pecho”.

 

         El poeta intenta encontrar la verdad, busca trasponer la línea borrosa de los sueños para así arribar a la luz del entendimiento y a la memoria colectiva, donde cobra trascendencia la pequeña caleta de Culebras, en Huarmey, donde vivió una etapa feliz. Él la llamará “eterna caleta de los sueños”, “hermosa ciudad para la muerte”. Esta pequeña faja de tierra nimbada por el mar es su Ítaca, su ínsula extraña, o bálsamo para su espíritu atormentado luego de discurrir como barco ebrio entre los licores amargos de ciudades capitalinas.

        

         Desde ese mórbido ámbito de horizonte sin luz surge de entre las dunas del mar la figura mítica del sencillo pescador, del marisquero, representado por el aguerrido "pate´ puma", quien también podría estar simbolizando a la poesía, cuya fortaleza verbal ha de sostener el legado cultural de su pueblo, preservando sus ideas, sus creencias, sus ritos, sus concepciones:

 

“Aun recuerdo al aguerrido domador de las olas
rubricando su nombre en las rocas venenosas,
incendiando la noche con sus lúcidas manos.
Saboreó la vida con sus intensos designios
y amó las horas irrompibles del desenfreno.”



         En ese mundo rústico y esencial la gente de mar son los verdaderos dioses.  De allí que en el decurso de las varias estancias o compartimentos del poema, éste apunta hacia el mito y la alegoría. Allí la mujer amada, inolvidable y perfumada en muchas páginas, está “hecha de las olas y el sueño”. Trilce Rosario, su bienamada hijita, es niña “luminosa, encantadora y opulenta como un coral diamantino”. Será en esta estancia de luz cuando el poeta ofrece versos cargados de humanismo y sencillez para:

 

"descender a la descarnada forma de los infortunados

y compartir el fulgor de tu risa con un fresco pan".

 

         Pero también asistimos a ese otro espacio urdido por la oscuridad en donde se erige y humea en silencio la muerte de ese espacio edénico:

 

la oscura sombra de la industria se situaba

a escondidas de la conciencia

y la bahía se transformó en una famélica laguna

de aguas sucias y nauseabundas”

 

         Por un instante Culebras es también el Macondo asediado por la soledad y la destrucción. Lo que el poeta va a denunciar son las ruinas morales, "el fuego impuro/ que ardió alguna vez en el reino de los falsos moralistas", en un libro que ha abierto decididamente sus compuertas hacia lo social.

 

         En "Conversaciones con el mar" Teófilo Villacorta Cahuide refresca aquellos temas ensayados en anteriores poemarios pero esta vez, acaso, con una construcción más simbólica, más compleja. En su inspirada condición de cantor, de ladrón del fuego, el poeta mimetizado con el mar va en pos de la trascendencia a través de una palabra sugerente que colinda entre la reflexión y los rituales de la poesía.

 

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