POEMA CORAL PARA ALFONSO DE SILVA








POEMA CORAL PARA ALFONSO DE SILVA


Alfonso: estás mirándome, lo veo.
Vallejo

Vallejo escribiendo con su dedo grande en el aire,
¡Vivan los compañeros! Alfonso de Silva
Tú lo dijiste caro Alfonso: ¡Al César lo que es del César!

Herido como nunca
por la miel del destino, César, hermano
hoy llego a ti con la emoción en carne viva
de abrazar al primer camarada
al miliciano caído que echóse a andar
después de muerto,
eso lo supe viviendo con tus versos
porque tus versos viven y andan querido hermano.
Me siento, a veces, a conversar con ellos
en una tarde del otoño viejo.

Por tu corazón despavorido, Alfonso, en tu chaqueta azul,
enmudecida, atónita, vive una cuchara muerta.
El escenario fue la triste farola donde
yace un mendigo hambriento.

Recuerdo al mendigo y las altas estrellas
en su mano piadosa.
Estuve ese momento contigo Alfonso y escuché
a tu corazón palpitar de alegría,
pararte sobre una cuerda floja
encajar tu violín en la quijada
y tocaste como nunca para él, como nunca
bajo las estrellas
fue el mejor regalo de los dioses.
Cómo olvidar la magia de tu violín en la calle Apollinaire
donde el trago más amargo
se convirtió en el más dulce.
                   
Como si el viento contara  tus pasos, Alfonso, hoy te escucho caminar
en la Rue de Ecoles, en algún café nocturno junto
con Alina, tu esposa, la Bella, la Diva, admirada por los surrealistas
y  que cantaba tangos para el gusto de los burgueses,

El corazón atrapado en mi pecho, entre el vértigo
de cada función en una legendaria boite
entonabas el "himno al amor" mejor que la Piaf.
Berlín se arrodilló a tu voz París la adusta
te aclamó como una diosa, los hombres te seducían
y yo aquí en el fondo más hondo
de este piano de cola buscándole un sentido a la vida
buscándole un sentido a la muerte, Alina
¿por qué el Olimpo de los dioses?
¿para qué la belleza de los poetas?
el tonto perfume de la inmortalidad, si de perfil
desvaría mi violín entre el humo y la gloria.


En medio de tus tormentos conservas en un lied, el don celeste que recibiste directamente de Atenas, la ática alegría, la eterna belleza del amor, la divina infancia del corazón.

Alina, todo se esfuma con el tiempo, hasta el amor
y la inocencia de alfonsito  se desarma
como el niño que destripa con cariño su juguete amado.
Así  de  fácil se desbarata su mundo de fantasía
como mi corbata anudada a tu recuerdo
con este otoño que amarilla las hojas,
y yo aquí en una banca de otro tiempo,
en el dársena del Callao, mirando
como hace un pentagrama el mar.
Lejos quedaron la gloria, Berlín, París, 
y no descubro aún lo que significa el amor,
tampoco intento encontrarlo en tus labios,
después de todo, ¿qué consigo con ello?
apenas un fulgor en la marea pues
nuestro hijo juega a los barquitos
en otra orilla lejos de mi ternura.

Vosotros que le viste caminar, hablar, reír, sonreír -¡oh! sobre todo sonreír- con ese rictus de jovial ironía en la comisura de los labios, que aún no se ha borrado de su rostro como un efebo antiguo, convendréis conmigo, aunque ya tarde, en que fue no solo el músico sino la propia música encarnada.

Tu adiós
sonó como una frágil azucena
incierta tal un  ocaso aquí en el Callao
mientras te inspiraban las notas de Debussy
tu inolvidable cholo te oía andar brindando por ti
a tu último acto, por el miliciano caído,
y el acompasado palpitar de tu corazón
que reflexiona como un violín pensativo,
la efímera gloria surta en otra bahía
y en esta se detiene el viento, la
noche como espeso vino,  vienes
con tu candor de ángel desterrado
que  hoy llega muy tarde al festín.







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